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jueves, 11 de febrero de 2016

Pareidolia

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La culpa la tengo yo por ver 'Cuarto Milenio', por oír 'La Rosa de los Vientos', por ser hijo de Antonio José Alés, tiempo atrás, por leer aquello de 'los hombres de negro' y por acojonarme con la cosa esa de la combustión espontánea, por decir algo; por dejarme impresionar a costa de cuestiones extrañas ajenas a la razón; por permitirme influenciar por mentales pareidolias infames e inconsistentes de todo tipo. Así, veo marcianos por doquier, sí, marcianos, tanto a nivel privado y doméstico como en todo tipo de círculos, ya sean políticos, de cocina o de buen asueto sin complicaciones, digo que veo marcianos, entes de plasma y fantasmas por todos lados. No hablo de otra cosa que no forme parte de lo paranormal, me refiero a hecho real producido en mí, nadie se equivoque. Nada tiene que ver la pregunta de mi pareja hacia mí, relativa al por qué de mi unión a ella, la cosa es fuerte, le he respondido desde un esoterismo bárbaro, bestial, que no ha entendido, pero respuesta fundamentada en lo que no me ha permitido explicar. Estaré perdiendo la razón, me digo, perdido en fantasmagorías.
La una, las dos, las tres, las cuatro y las cinco de la madrugada. Jamás antes ocurrió nada anómalo en la casa que habito pero lo de la otra noche, lo de la otra noche me aturdió sobremanera. La una, las dos, las tres... Si tales números los trasladase a años, serían días y días sin coger el lápiz, sin desarrollarme, convirtiéndome en inocuo pero pervertido, fruto del desasosiego total, desahogado en pecera, desconozco si con buen provecho.
Me estoy 'enrollando' sobremanera, si quería manifestar algo aquí fue mi encuentro con lo desconocido, con lo paranormal, y no otra cosa. Aun así, no puedo evitar afirmar que no me encuentro bien, tal vez sea esa la causa, mi mente anda mal, prefiero no hablar de mi estado físico; parezco un endemoniado debido a las múltiples retorceduras que me provoca un vientre vomitivo, destrozos sin digerir al aire. Igual se trata del virus 'zokia', me habrá picado un mosquito verbenero, igual se trata del escupitajo de una de las muchas moscas que me rodean en cantidad considerable. Confieso que estoy hasta los huevos de todo bicho parásito -raza humana incluida- de falso rubio o moreno, con alas o sin ellas.
Al grano, coño, que me pierdo, se me ha de disculpar toda la retahíla anterior, ya dije que ando perdido, es cierto que necesito besos.
Nada raro sucedió con anterioridad, digo bien, a no ser una pesada cena -reconozco que puse salsa picante en demasía- que tragué.
Jamás antes se movió un mueble, nunca se encendieron ni apagaron luces a solas, no vi sombra alguna, no escuché rashes, nadie tiró de mi sábana dejándome al descubierto.
Dorita y yo nos fuimos a la cama en noche agradable, ahí lo peor, fue el comienzo.
Con anterioridad, como todas las noches, coloqué un vaso de agua, el paquete de tabaco y un rollo de papel -moqueo nocturno- sobre la mesita. Entre Dorita y yo, la cama quedó bien hecha; la sábana bajera quedó bien ajustada al colchón gracias a los elásticos de sus esquinas, gran invento eso de los adaptables, por cierto, a los vértices del jergón dormidero.
Así las cosas, entrado en cama, tras varias horas permitiendo a la mente deambular por distintos entornos y habitar determinadas crónicas de Narnia, después de aguantar apretones fascistas de próstata que evacuar, evacuado y conciliado el sueño, vino a proporcionarme un leve aunque bien sentido bofetón en la cara, vete tú a saber qué o quién me lo regaló.
A lo largo de mi vida, bien lo sabe dios, he percibido cosas que siempre adjudiqué al viento, o no. Pero aquel bofetón ¿liviano?, tan mal seductor como amargo cual hiel, me dejó perplejo y embutido en el imposible lúgubre, desconcertante en el imaginario más abominable.
Atorado, encendí la luz de la habitación y busqué no sé el qué, si fantasmas, si plasmas, si un imaginario personal bien percibido, no sé, una crueldad mental auto infligida, por aquello del bien razonar lo último. Busqué en el espejo, en la balconada, en el pasillo que se abría tras la puerta del dormitorio, en los armarios, en las vigas del techo, bajo la almohada, y nada.
Mis pies sobre la alfombra cercana a la cama, encendí un cigarrillo. Sonaba música en la siempre encendida radio sobre la mesita de noche, oía los ronquidos de una Dorita siempre ajena al más allá mío, ahí quedaba yo con mis episodios más espeluznantes y renegros. Me vencía el sueño de nuevo gracias a dios y, observando a mi alrededor, receloso, rehíce la cama ajustando de nuevo el elástico de la sábana bajera sobre el ángulo del colchón. Fue acostarme y recibí un nuevo bofetón liviano en la cara. Ocurrió que nuevo se soltó la maleable sábana desde su lugar, castigándome el rostro con su gomilla. Misterio resuelto.
 
 
  
 
     

1 comentario:

  1. A lo mejor te tienes que comprar un kit antifantasmas en Carrefour o el corte británico... :)
    Salud

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